Cada etapa deja algo en ti. Mira el camino recorrido con la misma amabilidad con la que deseas comenzar el siguiente.
Integrar lo vivido y reconocer el camino recorrido.
No necesitas terminar el año siendo una persona diferente… También puedes reconocer a la que has sido.
Llega diciembre y, casi sin darnos cuenta, empezamos a hacer balance. Recordamos lo que conseguimos, lo que dejamos pendiente, los cambios que vivimos y aquellas cosas que imaginábamos que serían distintas… Pero a veces, ese repaso se convierte en una lista de objetivos incumplidos. Nos fijamos en lo que no hicimos, en lo que podríamos haber hecho mejor o en todo aquello que todavía sentimos que necesitamos cambiar.
¿Y si este año no necesitara terminar con una nueva versión de nosotras?
¿Y si también pudiéramos detenernos a reconocer a la mujer que ha llegado hasta aquí?
A la que ha aprendido, la que ha tenido dudas, la que ha cambiado de opinión, la que ha pedido ayuda, la que ha seguido adelante y la que, sencillamente, ha hecho lo que ha podido con las circunstancias que tenía.
Nuestra memoria no es una grabación exacta de todo lo que vivimos. Al recordar, reconstruimos nuestras experiencias desde el momento presente y, en ocasiones, damos más importancia a los errores o a aquello que quedó pendiente. Por eso, hacer una pausa para revisar el año puede ayudarnos a recuperar una visión más completa de nuestra historia.
No se trata de valorar si hemos sido suficientemente productivas, si hemos alcanzado todos nuestros objetivos o si hemos cumplido las expectativas de los demás. Se trata de reconocer el camino recorrido.
La reflexión consciente nos permite identificar aprendizajes, reconocer necesidades y observar qué cambios queremos mantener. También nos ayuda a comprender que no somos exactamente la misma persona que comenzó el año.
Y eso no significa que tengamos que convertirnos en alguien completamente diferente.
La autocompasión consiste en tratarnos con comprensión cuando atravesamos dificultades, en lugar de responder con críticas constantes.
No significa justificarlo todo ni dejar de responsabilizarnos de nuestras decisiones. Significa reconocer que somos humanas, que cometemos errores y que podemos aprender sin castigarnos por ello.
A veces, el mayor avance del año no aparece en una meta alcanzada, sino en algo mucho más silencioso: haber aprendido a poner un límite, haber escuchado una necesidad, haber dejado de exigirte tanto o haber empezado a tratarte con más amabilidad.
Quizá no hayas llegado a donde imaginabas. Pero eso no significa que no hayas avanzado.
Seguro que alguna vez has sentido que algo no encajaba, aunque no supieras explicar exactamente por qué. Quizá una situación te generaba incomodidad, una decisión no terminaba de convencerte o, por el contrario, sentías una tranquilidad difícil de justificar.
A eso solemos llamarlo intuición.
Pero ¿qué ocurre realmente cuando tenemos esa sensación?
Desde la neurociencia, la intuición puede entenderse como una forma de procesamiento rápido de información. Nuestro cerebro recoge señales del entorno, relaciona experiencias anteriores, reconoce patrones y genera respuestas antes de que seamos plenamente conscientes de todos los pasos que ha seguido.
Es decir, a veces sentimos que sabemos algo sin poder explicar todavía cómo hemos llegado a esa conclusión.
El cerebro reconoce más de lo que creemos
A lo largo de nuestra vida acumulamos experiencias, aprendizajes y recuerdos. Muchos de ellos participan en nuestras decisiones sin que tengamos que analizarlos conscientemente.
El cerebro compara lo que está ocurriendo con situaciones que hemos vivido anteriormente y puede generar una sensación de familiaridad, alerta, confianza o rechazo. Por eso, una intuición puede aparecer como una impresión repentina: algo nos resulta conocido, percibimos una incongruencia o detectamos señales que todavía no hemos conseguido poner en palabras.
Sin embargo, la intuición no siempre acierta. También puede estar influida por el miedo, los prejuicios, las experiencias dolorosas o las expectativas. Por eso es importante escucharla, pero también contrastarla con la realidad.
Tu cuerpo también participa
La intuición no se construye únicamente en el cerebro. El organismo mantiene una comunicación constante entre el sistema nervioso, los órganos internos y el entorno.
La interocepción es la capacidad de percibir señales que proceden del interior del cuerpo, como los cambios en la respiración, el ritmo cardíaco, la tensión muscular o las sensaciones digestivas… Estas señales pueden acompañar nuestras emociones y participar en la forma en que interpretamos una situación.
Por ejemplo, ante una decisión importante podemos notar inquietud, presión en el pecho o una sensación de calma. Esas respuestas corporales aportan información sobre cómo estamos viviendo esa situación, aunque no constituyen por sí solas una prueba de que una opción sea correcta o incorrecta.
Aprender a reconocerlas puede ayudarnos a comprender mejor nuestras reacciones.
¿Y qué tiene de especial la intuición femenina?
La intuición no es una capacidad exclusiva de las mujeres. Todas las personas podemos desarrollar formas de procesamiento intuitivo… Sin embargo, las experiencias vitales, la educación emocional, el contexto social y la atención que prestamos a nuestras propias sensaciones pueden influir en cómo reconocemos e interpretamos esas señales.
Muchas mujeres han aprendido a observar con atención los cambios en su entorno y las necesidades de quienes las rodean. Esa experiencia puede favorecer determinadas habilidades de observación y reconocimiento emocional, aunque no debemos convertirlo en una característica universal de todas las mujeres.
Quizá lo más interesante no sea preguntarnos si tenemos más intuición que los demás, sino cuánto espacio nos permitimos darle a nuestra propia percepción.
Escucharte no significa creer que siempre tienes razón. Significa dejar de ignorar lo que sientes y aprender a comprenderlo.
Una práctica especial · Escuchar antes de responder
Lo que mi cuerpo y mi experiencia intentan contarme
Piensa en una situación actual sobre la que tengas dudas o una decisión que necesites tomar.
Busca unos minutos de tranquilidad y escribe:
- 1. Escucha tu primera impresión: ¿Qué sensación aparece cuando piensas en esa situación? ¿Tranquilidad, ilusión, inquietud, rechazo, curiosidad?
- 2. Observa tu cuerpo: ¿Notas algún cambio en la respiración, la tensión muscular, el abdomen o el ritmo cardíaco? No intentes interpretar inmediatamente esas señales. Simplemente reconócelas.
- 3. Busca de dónde puede venir esa sensación: ¿Te recuerda a alguna experiencia anterior? ¿Hay algo concreto que te preocupa? ¿Estás reaccionando a una señal presente o quizá a un miedo que ya conoces?
- 4. Contrasta tu percepción con la realidad: ¿Qué hechos conoces? ¿Qué información necesitas? ¿Hay otras explicaciones posibles?
- 5. Date permiso para decidir con calma: No necesitas encontrar una respuesta inmediata. A veces, escuchar tu intuición también significa darte tiempo para comprender qué te está diciendo.
Integrarlo en tu día a día · Haz una pausa y escúchate:
No necesitas tener todas las respuestas. Solo necesitas aprender a hacerte un poco de espacio… Prueba este sencillo gesto cada vez que tengas que tomar una decisión o sientas que algo no termina de encajar:
- PARA. Detente unos segundos y deja de hacer lo que estás haciendo.
- SIENTE. ¿Qué está ocurriendo en tu cuerpo? ¿Notas calma, tensión, inquietud o ilusión?
- PREGÚNTATE. ¿Qué me está diciendo esta sensación? ¿Hay algo que necesito atender?
- CONTRASTA. ¿Qué sé realmente de esta situación? ¿Estoy escuchando mi experiencia o está hablando el miedo?
- ELIGE. Date permiso para responder desde la calma, aunque necesites más tiempo.
Solo necesitas un minuto para empezar a escucharte. Porque volver a ti no consiste en tener siempre la respuesta correcta, sino en dejar de tomar decisiones sin contar contigo.
Un momento para reflexionar
Antes de mirar hacia el año que comienza, merece la pena detenerse a reconocer a la persona que ha recorrido este camino. No solo lo que has conseguido, sino también lo que has aprendido, sentido y atravesado.
Tómate tu tiempo y reflexiona:
- ¿Qué he descubierto sobre mí durante este año?
- ¿En qué momentos he escuchado mi intuición y qué he aprendido de esas experiencias?
- ¿Cómo distingo lo que realmente necesito de lo que hago por miedo o por cumplir expectativas?
- ¿Qué cambios, decisiones o pequeños pasos me gustaría reconocer?
- ¿Qué necesito perdonarme, aceptar o mirar con más amabilidad?
- ¿Qué quiero conservar de la persona que soy hoy?
- Si pudiera regalarme algo para la etapa que comienza, ¿qué sería?
PARA RECORDAR: No necesitas terminar el año con todas las respuestas ni con una lista de nuevos propósitos. También puedes cerrar este ciclo agradeciendo tu propio camino y reconociendo todo lo que has sido.
Tu cuerpo habla, tu experiencia te acompaña y tu voz merece ser escuchada…
Aprende a distinguirlas y vuelve a confiar en ti.
Paola Tasca
Escritora, naturópata y divulgadora de salud funcional.
Te ayudo a volver a escuchar tu cuerpo