Entre tantas voces, también merece espacio la tuya.

Cuántas veces sabemos lo que piensan los demás, lo que esperan de nosotras y lo que tenemos que hacer, pero nos cuesta responder a una pregunta tan sencilla como ¿qué quiero yo?

Tu voz también importa. Hazle un hueco entre todo el ruido.

Hay momentos en los que parece que todo el mundo tiene algo que decirnos.

Las opiniones de quienes nos rodean, las expectativas familiares, las responsabilidades, las noticias, las redes sociales, los consejos que nadie ha pedido y esa lista interminable de cosas que creemos que deberíamos estar haciendo… Escuchamos, respondemos, comparamos, intentamos cumplir y, casi sin darnos cuenta, vamos dejando nuestra propia opinión para después.

¿Te has parado a pensar cuándo fue la última vez que te preguntaste qué querías tú, sin tener en cuenta lo que esperaban los demás?

Quizá sabes lo que necesitas hacer, lo que sería conveniente o lo que otras personas consideran mejor. Pero cuando intentas escuchar tu propia respuesta, aparece el silencio. Esto no significa que no tengas una voz interior. Puede que simplemente lleves demasiado tiempo sin hacerle espacio.

Volver a escucharte no consiste en tener todas las respuestas ni en saber siempre qué decisión tomar. Significa recuperar el hábito de preguntarte cómo estás, qué piensas, qué sientes y qué tiene sentido para ti en este momento.

Entre tantas voces, también mereces escucharte.

No todo el ruido procede del exterior. A veces, las voces que más nos condicionan son las que hemos ido incorporando con el tiempo: lo que aprendimos que debíamos hacer, cómo teníamos que comportarnos, qué se esperaba de nosotras o qué significaba ser una buena madre, pareja, amiga o profesional. Son ideas que pueden acompañarnos durante años y que, en ocasiones, confundimos con nuestros propios deseos.

También está el diálogo interno: esa conversación constante en la que repasamos lo que hemos hecho, anticipamos lo que podría ocurrir, cuestionamos nuestras decisiones o nos exigimos llegar a todo.

El cerebro está continuamente procesando información. Selecciona estímulos, recupera recuerdos, anticipa situaciones y relaciona lo que vivimos con experiencias anteriores.

Esta actividad es necesaria para desenvolvernos en el día a día, pero cuando nuestra atención está permanentemente ocupada por demandas externas o pensamientos repetitivos, puede resultar más difícil detenernos y reconocer qué nos está pasando. Por eso, recuperar espacios de silencio y atención no significa dejar la mente en blanco. Significa crear momentos en los que podamos observar nuestros pensamientos sin tener que responder inmediatamente a todos ellos.

Escucharte también implica aprender a diferenciar lo que realmente deseas de aquello que haces por costumbre, miedo o necesidad de aprobación.

A veces decimos que sí porque no queremos decepcionar. Elegimos un camino porque parece el más adecuado para los demás. Posponemos una decisión porque tememos equivocarnos o porque necesitamos que alguien confirme que estamos haciendo lo correcto.

Y no siempre es fácil reconocerlo.

Una forma de empezar es observar qué ocurre cuando tomas determinadas decisiones… ¿Te sientes tranquila con ellas? ¿Notas que estás actuando desde tus valores o que estás intentando cumplir una expectativa? ¿Hay algo que aceptas por compromiso, aunque en realidad preferirías otra cosa?

No se trata de desconfiar de todas las opiniones externas. Escuchar a otras personas, pedir consejo y tener en cuenta diferentes puntos de vista también forma parte de una buena toma de decisiones.

La diferencia está en no dejar que esas voces sustituyan por completo a la tuya.

Puedes escuchar una opinión sin tener que adoptarla. Puedes cambiar de parecer. Puedes necesitar tiempo antes de responder.

Y, sobre todo, puedes reconocer que tus preferencias y necesidades también tienen valor.

Nuestra experiencia no se construye únicamente a través de los pensamientos… Las emociones, las sensaciones corporales y las experiencias anteriores participan en la forma en que interpretamos lo que vivimos y tomamos decisiones.

Cuando algo nos preocupa, podemos notar tensión muscular, cambios en la respiración o una sensación de inquietud. Ante una situación agradable, quizá percibamos tranquilidad, energía o bienestar. Estas señales forman parte de la comunicación constante entre el cerebro y el resto del organismo.

La interocepción, esa capacidad de percibir señales internas del cuerpo, nos ayuda a reconocer sensaciones relacionadas con el hambre, la sed, el latido cardíaco, la respiración o la temperatura, entre otras.

Prestar atención a estas señales puede ayudarnos a comprender mejor nuestra experiencia, aunque no siempre nos ofrecen una respuesta clara ni nos indican por sí solas qué decisión debemos tomar. Por eso, escucharte requiere integrar diferentes aspectos: lo que piensas, lo que sientes, lo que necesitas y las circunstancias reales en las que te encuentras.

No se trata de seguir cada emoción o sensación como si fuera una orden, sino de aprender a tenerla en cuenta.

A veces confundimos escucharnos con saber exactamente qué queremos. Pero el autoconocimiento no siempre llega en forma de certezas. En ocasiones comienza con una duda, una incomodidad o la sensación de que algo ya no encaja como antes.

Quizá estás cambiando de prioridades. Tal vez hay relaciones, hábitos o responsabilidades que necesitas revisar. Puede que simplemente estés descubriendo que aquello que antes te hacía bien ya no responde a tus necesidades actuales. Y eso también forma parte de crecer.

No tienes que tomar decisiones importantes cada vez que te detienes a escucharte. Puedes observar, reflexionar y darte tiempo.

La escucha interior no debería convertirse en otra exigencia ni en una búsqueda constante de respuestas. Es una forma de mantener el contacto contigo misma mientras la vida sigue cambiando.

 

Una pausa para escuchar tu propia voz

Este mes vamos a dedicar unos minutos a distinguir entre lo que escuchamos fuera y lo que necesitamos expresar dentro… No vamos a buscar respuestas perfectas. Solo queremos abrir un espacio para reconocer nuestra propia perspectiva.

Ejercicio · Un espacio para tu voz

Busca un lugar tranquilo y ten a mano tu agenda o un cuaderno.

  • 1. Baja el volumen exterior: Durante unos minutos, aléjate del teléfono, las conversaciones y cualquier estímulo que reclame tu atención… No necesitas meditar ni dejar la mente en blanco. Simplemente regálate un momento sin nuevas demandas.
  • 2. Observa qué voces te acompañan: Escribe algunas frases que escuchas con frecuencia o que suelen aparecer en tus pensamientos:
    • Debería…
    • Tengo que…
    • Los demás esperan que…
    • No puedo porque…
    • Lo correcto sería…

No las juzgues. Solo observa cuántas de ellas proceden de expectativas externas y cuántas representan realmente tus prioridades.

  • 3. Pregúntate qué dirías tú: Ahora completa estas frases:
    • Si no tuviera que demostrar nada, me gustaría…
    • Algo que necesito y llevo tiempo posponiendo es…
    • En este momento de mi vida valoro especialmente…
    • Me gustaría darme permiso para…
  • 4. Escucha sin corregirte: Lee tus respuestas con calma. No tienes que justificarlas, hacerlas realidad inmediatamente ni encontrar una solución para cada una… Permítete reconocer lo que ha aparecido.
  • 5. Elige un pequeño gesto: Piensa en una acción sencilla que te ayude a dar un poco más de espacio a tu propia voz: expresar una opinión, pedir tiempo antes de decidir, reservar un momento para ti o decir que no a algo que no puedes asumir.

A veces, escucharte empieza por atreverte a reconocer lo que piensas.

Hacerle un hueco a tu voz en la vida cotidiana:

No necesitas retirarte del mundo para escucharte. Puedes recuperar ese espacio en pequeños momentos del día:

  • Antes de responder a una petición, pregúntate si realmente puedes o quieres asumirla.
  • Cuando recibas un consejo, escucha sin sentirte obligada a seguirlo.
  • Reserva unos minutos para escribir lo que piensas, sin preocuparte por cómo suena.
  • Permítete cambiar de opinión cuando tus circunstancias o necesidades cambien.
  • Reduce el consumo de información cuando notes que te sientes saturada.
  • Dedica tiempo a actividades que disfrutes, aunque no tengan una utilidad concreta.

Y recuerda algo:

Escuchar tu propia voz no significa tener siempre razón ni hacerlo todo a tu manera. Significa participar conscientemente en las decisiones que afectan a tu vida.

Puedes escuchar, compartir, negociar y llegar a acuerdos sin desaparecer en el proceso.

 

Un momento para reflexionar

  • ¿Cuánto espacio dedico a escuchar mis propias necesidades y opiniones?
  • ¿Me cuesta tomar decisiones cuando otras personas no están de acuerdo?
  • ¿Hay expectativas que sigo intentando cumplir aunque ya no tengan sentido para mí?
  • ¿Qué parte de mí necesita ser escuchada en este momento?
  • ¿Qué podría cambiar para dar más espacio a mi propia voz?

PARA RECORDAR: No tienes que dejar de escuchar a los demás para empezar a escucharte. Tampoco necesitas tenerlo todo claro ni tomar decisiones radicales… Solo necesitas recordar que tu opinión, tus emociones y tus necesidades también forman parte de la conversación.

Tu voz también importa. Hazle un hueco entre todo el ruido… Porque vivir de acuerdo contigo misma no significa tener siempre el camino claro, sino aprender a no perderte de vista mientras lo recorres.