La gratitud no cambia necesariamente lo que sucede a nuestro alrededor, pero puede ayudarnos a mirar nuestra vida con una perspectiva más amplia.
También hay mucho que agradecer en los días que no salen como esperabas.
No necesitas que todo vaya bien para reconocer los pequeños momentos que te hacen bien.
No todos los días son fáciles. Hay jornadas en las que los planes se tuercen, las cosas no salen como imaginábamos y terminamos con la sensación de que nada ha sido suficiente… En esos momentos, nuestra atención suele quedarse atrapada en lo que falta, lo que ha salido mal o lo que todavía tenemos pendiente.
Y es comprensible. El cerebro presta especial atención a aquello que puede representar un problema o una amenaza. Esta tendencia nos ayuda a anticiparnos y protegernos, pero también puede hacer que pasemos por alto muchas experiencias agradables que suceden a nuestro alrededor.
Cultivar la gratitud es una forma de entrenar nuestra atención para reconocer también aquello que sí está presente y nos sostiene.
La gratitud es una emoción y una actitud que aparece cuando reconocemos algo valioso que hemos recibido o experimentado. Puede estar relacionada con otras personas, con una circunstancia o incluso con pequeños momentos cotidianos.
Cuando dirigimos nuestra atención hacia experiencias agradables, podemos favorecer emociones positivas y una mayor sensación de conexión con nuestro entorno.
Algunas investigaciones sobre intervenciones de gratitud han encontrado beneficios modestos en aspectos del bienestar emocional. No significa que escribir tres cosas buenas vaya a resolver nuestros problemas, ni que tengamos que sentirnos agradecidas todo el tiempo.
La clave está en ampliar nuestra mirada.
Podemos estar atravesando una etapa difícil y, al mismo tiempo, agradecer una conversación, un gesto de cariño, un rato de tranquilidad o la posibilidad de volver a intentarlo mañana.
Una cosa no invalida la otra.
¿Te has dado cuenta de que, a veces, un comentario desagradable puede acompañarte durante todo el día, mientras que varios gestos bonitos pasan casi desapercibidos?
No es casualidad. Nuestro cerebro presenta una tendencia conocida como sesgo de negatividad: solemos prestar más atención, recordar con mayor facilidad y dar más peso a las experiencias negativas que a muchas de las positivas.
Desde una perspectiva evolutiva, esta tendencia tiene sentido. Detectar un peligro, recordar una experiencia amenazante o anticipar un posible problema podía ayudarnos a protegernos y sobrevivir.
El inconveniente aparece cuando ese mecanismo ocupa demasiado espacio en nuestra vida cotidiana. Podemos terminar recordando con más intensidad lo que salió mal que todo lo que sí funcionó, centrarnos en lo que nos falta y pasar por alto pequeños momentos de bienestar.
Y aquí es donde la gratitud puede ayudarnos.
Practicar la gratitud no significa ignorar lo negativo, sino entrenar nuestra atención para reconocer también lo positivo.
Cuando nos detenemos a recordar un gesto amable, disfrutar de una experiencia agradable o reconocer algo que hemos conseguido, estamos dando espacio a información que quizá habría pasado inadvertida entre las preocupaciones del día.
No eliminamos el sesgo de negatividad ni dejamos de reconocer los problemas. Simplemente ampliamos nuestra mirada para que lo difícil no sea lo único que ocupe nuestra atención… Porque nuestra vida no está formada únicamente por aquello que nos preocupa. También está llena de pequeños momentos, vínculos y experiencias que merecen ser reconocidos.
Agradecer no significa conformarse con aquello que nos hace daño, justificar situaciones injustas o dejar de buscar cambios… Tampoco significa obligarnos a encontrar algo positivo en cada experiencia.
La gratitud más saludable nace de la atención, no de la obligación. Es aprender a reconocer lo que tiene valor sin negar lo que nos duele.
Y no siempre tiene que ser algo extraordinario.
A veces es el café caliente de la mañana, una comida preparada con calma, una conversación que necesitábamos o ese instante en el que el cuerpo encuentra descanso.
Un pequeño entrenamiento de atención
Cómo integrar esta práctica a tu día a día:
Durante unos días, prueba a observar cómo termina tu jornada… Antes de dormir, pregúntate:
- ¿Qué recuerdo negativo ha ocupado más espacio en mi mente hoy?
- ¿Qué cosas agradables han sucedido y quizá no he valorado lo suficiente?
- ¿He dado más importancia a un error que a todos mis pequeños aciertos?
- ¿Qué momento bonito quiero detenerme a recordar?
Elige uno de esos momentos agradables y dedica unos segundos a revivirlo: recuerda qué ocurrió, qué sentiste y qué significó para ti.
No se trata de sustituir un pensamiento negativo por uno positivo, sino de permitir que ambos tengan su lugar.
La gratitud también es aprender a no dejar que un mal momento nos haga olvidar todo lo demás.
Un momento para reflexionar
La gratitud no consiste en encontrar algo bueno en todo lo que sucede, sino en permitirnos reconocer también aquello que nos acompaña, nos sostiene y merece nuestra atención.
Detente un momento y pregúntate:
- ¿Qué pequeños momentos de este mes me han hecho sentir bien?
- ¿Qué personas, gestos o experiencias han aportado algo valioso a mi vida?
- ¿Hay algo cotidiano que doy por hecho y que merece que lo valore más?
- ¿Qué he conseguido o superado este año que todavía no me he reconocido?
- ¿Puedo agradecer algo de mi camino sin tener que negar las dificultades que he vivido?
PARA RECORDAR: La gratitud no consiste en mirar la vida con unas gafas de color de rosa. Consiste en aprender a mirar la imagen completa.
Paola Tasca
Escritora, naturópata y divulgadora de salud funcional.
Te ayudo a volver a escuchar tu cuerpo